miércoles, 7 de enero de 2009

Mercedes, ya un poco cansada de tantos turrones y almendras, se levanta ese seis de enero con la conciencia de que, por costumbres, encontraría un obsequio en los zapatos que por petición de su madre, coloco en el umbral de la puerta trasera, esa que comunica con el patio.
Los cabellos rizados, rubor en el cachete y un vestido lleno de volados describen la muñeca que los Reyes Magos dejaron al pasar.
En el almuerzo, reciben una de las peores noticias, la suba del precio del servicio de energía eléctrica debido al calor por poco opaca la muerte de la abuela de Mercedes, quien entre lagrimas se da cuenta que los deseos simplemente se cumplen por causalidades que el corazón a veces no quiere entender.
[…]
Yace Altagracia Kingston en un rincón de la casa que con tanto esfuerzo construyo junto con su marido, y a su alrededor, observados por los vivos retratos de sus antepasados, sus hijos intentan dividir los resultados de ese esfuerzo paternal.
Muñecas para las niñas, autos de juguete para los nenes, propiedades para las tías, antigüedades para los tíos…y aunque suene un poco morboso, la muerte trae también, algunas veces, un pan bajo el brazo.
Mercedes la mira y la recuerda con toda su solemnidad, la recuerda con sus cartas, eternas compañeras, la recuerda con sus licores, su consuelo y pesar a la vez.
La mira sin verdades ni mentiras.
La piensa con sus suaves gestos y delicado hablar.
Y la reconoce como reina y maga, inclusive muerta.