viernes, 2 de enero de 2009


Mercedes sigue, como al rastro de un caracol, un camino de cartas de poker que terminan en el ancho vestido cargado de vicios de su abuela. Con los brazos caídos y ya encorvada por el desgaste de mas de setenta y seis treinta y unos de diciembre, mira a través de la ventana la noche estrellada y se siente, a diferencia de otros primeros de enero, mas viuda que nunca.
El padre, callado, toma una copa de vino añejo mientras espera el toque de las doce. Puede verse un poco de enojo en él, sin dudas por la broma que recibió de su hermano en el día de los Santos Inocentes.
Llegan las doce…
Se reúnen todos para el brindis y los besos y los abrazos. La abuela de Mercedes saluda con resignación a sus nueras, quienes inmaculadas con el calido espíritu de las fiestas desean a ella los mejores augurios para el año entrante, augurios entre los que se pueden mencionar un tumor, cáncer de pulmón, alguno que otro paro cardiaco y demás…
Sale despedido un corcho que va a parar justo en la frente de su tía más refunfuñona, acuden con un retazo de tela embebido en agua helada.
Ve salir a su mama de la cocina y llegar a la mesa trayendo en el rostro una sonrisa ingenua y en las manos un pastel con los dígitos del año entrante.
-Al pastel lo hice yo, la idea la pensó Mercedes-dice mientras la mira.
Mercedes piensa: Por empezar, no me gustan los pasteles.
-Querida familia, salgamos al patio a ver los fuegos artificiales-anuncia con entusiasmo uno de los tíos.
Mientras los sirvientes de la casa los encienden, la familia, con los ojos al cielo observa entretenida y asombrada, en tanto, Mercedes los mira desde adentro, con un poco de nostalgia a los muertos y solo atina a sonreír.